Palma, como todas las ciudades, tiene diversas facetas. Pero sin duda lo más interesante reside en la gran diferencia entre su cara antigua y su aspecto moderno. Todo el mundo conoce esa imagen abierta, mediterránea y cosmopolita de la capital mallorquina. El Passeig Marítim con los yates atracados y la Catedral al fondo, los paseos con terrazas, las calles más transitadas de la zona comercial. Un visitante que sólo transcurra por esas zonas tan divulgadas de la ciudad se queda con una fotografía superficial, casi tópica.

Porque Palma posee también un pálpito difícil de encontrar en otras latitudes. El de una ciudad ensimismada, cerrada en sí misma. Secreta y levítica.

Los turistas suelen circular por un circuito muy establecido: desde la Catedral a la zona comercial, pasando por la Plaça Major. Pero basta con desviarse unos metros para entrar en una retícula de calles tortuosas, a veces oscuras. Siempre silenciosas, con entradas de palacios, ventanas cerradas, iglesias. Una ciudad de gatos y ventanas cerradas, que tan bien retrató el escritor Llorenç Villalonga. Podríamos representar esa faceta menos conocida en un lugar: la plaza de Sant Jeroni. Es un rincón recoleto, a las puertas del convento de Sant Jeroni por un lado y del antiguo colegio de La Sapiencia en otro. Muy cerca del antiguo Seminario. Se escucha el sonido de una fuente, y todos los edificios tienen una coherencia casi escenográfica. Es un lugar poco transitado, de honda belleza urbana, evocador de siglos pasados, que se conserva con muy poca alteración.

"Palma posee también un pálpito difícil de encontrar en otras latitudes. El de una ciudad ensimismada, cerrada en sí misma. Secreta y levítica"

No muy lejos de allí, la basílica de Sant Francesc guarda uno de esos enclaves que dan significado por sí mismos a la ciudad. Se trata de la tumba gótica de Ramon Llull, el sabio y místico mallorquín que representó la modernidad y la anticipación del futuro en el siglo XIII. Parece como si su figura yacente, en medio del silencio y la solemnidad del templo, siguiera pensando en asuntos trascendentes. Ajena a los avatares del presente. Palma tiene pocos miradores. De forma que todo el mundo tiene una misma imagen de la capital mallorquina: la que se obtiene desde el Passeig Marítim y el puerto. Pero para contemplar su hermoso paisaje de cubiertas, sus terrazas, campos de tejas, campanarios y jardines interiores, siempre con la Seo al fondo, no hay como subir a una de las terrazas adyacentes del museo de arte contemporáneo de Es Baluard. Desde allí, la ciudad se muestra compleja, recatada, geométrica, con el mar al fondo.

Un rincón muy especial, que recuerda a Roma o París, es el que se ha formado junto a las escalinatas de la Costa de sa Pols y la calle Arabí. En el ábside de la iglesia de Sant Miquel. Allí, en unas pequeñas escaleras, coexisten las terrazas de algunos establecimientos muy frecuentados por jóvenes. Junto a una librería y vinoteca. Se respira música, libros, poesía, arte. En unos pocos metros cuadrados ajenos al turismo y a lo comercial. La Palma histórica y la moderna superan en mucho la imagen de postal. Son realidades complejas, de un gran encanto. Ofrecen mucho más que la visita a monumentos o el "shopping". De ahí su vitalidad inagotable.

Textos: Carlos Garrido
Fotografías: Cristian Montoro

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