América Latina esconde un mundo maravilloso por descubrir: desde asombrosas ruinas precolombinas, a través de imposibles playas donde el mar muere para el humano alivio, hasta ciclópeos paisajes andinos, amazónicos y patagónicos que quitan el aliento. Historia viva, sangrante todavía, América Latina se abre a la experiencia del viajero como una enorme rosa repleta de pétalos bañados por la magia mitológica del rocío.

“La ciudad está en mi como un poema que no he logrado detener en palabras”. – Jorge Luis Borges

Aunque es esta tierra tan vasta que décadas no bastarían para abarcarla en su inmensa profundidad. Ni siquiera bastarían para recorrer de principio a fin cualquiera de las megalópolis latinoamericanas, esas brutales conurbaciones nacidas en el siglo pasado y que, a día de hoy, son brillante símbolo del mundo contemporáneo. Dado, pues, la inabarcabilidad de estos gigantes urbanos, se hace necesaria una simulación de un breve viaje a una ciudad latinoamericana, que en esta ocasión se tratará de la mítica, la literaria Buenos Aires.

Fundada en el siglo XVI, aunque Borges la juzgara “más eterna que el agua y el aire”, Buenos Aires ha sido siempre un enclave único en el continente americano. Desde sus inicios se ha visto indistintamente poblada por españoles, italianos, franceses y alemanes, lo que, sumado a las masivas migraciones posteriores, la ha convertido en una ciudad de identidad móvil y plural.

“Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires, hacen sentir más la soledad, salgo a caminar por esos barrios”– Ernesto Sábato

En efecto, Buenos Aires goza como pocos lugares en el mundo de una increíble variedad cultural, reflejada sin duda en la vida infatigable que la ciudad exhala. Sus cafés, sus calles, sus ocres librerías, todo refleja una realidad irisada muy anterior al hombre y a sus monocromas naciones.

Si el viajero tan sólo dispone de unos pocos días para conocerla, Buenos Aires no defraudará ni la más mínima de sus expectativas. A pesar de que el tiempo ideal se contaría en semanas, cinco días bastarán al viajero para adentrarse en la ciudad de la furia, y, por supuesto, para dejar en lo hondo de su ser un ansia parda de repetición, ya que de Buenos Aires ninguna dosis será suficiente.

Tras los formalismos típicos de cada viaje -llegada al aeropuerto, trayecto al centro de la ciudad, al lugar de hospedaje…-, pondremos pies en polvorosa hacia las calles porteñas. Pero antes de proponer mi propio itinerario, quiero aclarar que los elementos del mismo son perfectamente permutables; este texto se limita a distribuir de manera lógica una serie de zonas para el tiempo concreto de cinco días, dejando al viajero la total elección del orden que mejor se adapte a sus necesidades turísticas.

Un primer día se podría ir en conocer la zona norte de la antigua Buenos Aires: el barrio de Retiro. Entre sus impresionantes edificios de múltiples estilos arquitectónicos, el viajero podrá recorrer la calle Florida, adentrarse en los grandes arcos y bóvedas acristaladas de las Galerías Pacífico, detenerse bajo el característico Obelisco que se alza unánime sobre el caos de la avenida 9 de Julio. Una vez ahí, es de obligada visita el Teatro Colón, donde Lorca reestrenó sus Bodas de Sangre el año 1933. Después, ya cansado, el viajero podrá sentarse en la bella y tranquila Plaza Lavalle, inmediatamente detrás del teatro, y reponer fuerzas para la última actividad bajo la influencia solar: la Plaza del General San Martín, centro neurálgico del barrio de Retiro. Allí se encuentra la Estación del Tren, la Torre de los Ingleses y amplios parques ascendentes desde los que el viajero podrá contemplar su primer atardecer austral, teñido de tonos rojizos, dorados y lilas que lo devolverán al mito primitivo.

El segundo día el viajero descenderá un poco más al sur, al microcentro. Disfrutará de la imagen imponente del Congreso de la Nación Argentina, de las cúpulas irreales del Palacio Barolo, de la ensombrecida Avenida de Mayo. Ésta seguirá su curso a través de la 9 de Julio para inmiscuirse de lleno en la Plaza de Mayo, donde la Casa Rosada, el palacio presidencial, esperará la llegada del caminante. Siguiendo el sentido de la marcha, el día desembocará en Puerto Madero, atravesado por puentes elegantes y refinados rascacielos que servirán de refugio para otro crepúsculo espectacular.

El tercer día el viajero se podrá tomar un descanso del frenetismo de la ciudad tomando el tren a Tigre en la Estación de Retiro. Tigre, localidad argentina dentro de la conurbación bonaerense, es el lugar idóneo para reposar la vista en sus largos canales de agua y en su verde frondoso que roza el cielo. Disfrutará de un paisaje casi amazónico al adentrarse, con alguna barcaza, en el corazón del Tigre, rodeado por una total apariencia tropical.

El cuarto día, para que la vuelta a la civilización no se haga demasiado brusca, el viajero puede caminar hacia el norte por la Avenida del Libertador, deteniéndose en el marmóleo cementerio de la Recoleta, en la Floralis Genérica, en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, para después adentrarse en el manso y moderno barrio de Palermo, centro urbano de rica gastronomía y ocio. Podrá ver el cielo desvistiéndose bermejo entre los largos árboles de los Bosques de Palermo.

Una vez el viajero se haya sobrepuesto a la tristeza del inminente regreso, deberá salir a la calle a primera hora para disfrutar sus últimos momentos en la capital argentina. Como colofón final, caminará las calles empedradas del barrio de San Telmo -que los fines de semana alberga un concurrido mercadillo- hacia el sur, hacia el humilde barrio de la Boca, colorida culminación de la ciudad porteña.

Aquí acaba la lista de imprescindibles para el viajero de la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, este deberá también perderse entre las calles porteñas y dejarse impresionar con, a mis ojos, su mayor atractivo: lo imprevisible, sus gentes y su divinidad cotidiana. Bajo la inigualable imaginación, Buenos Aires se convierte en un teatro gigante regido por las fuerzas ciegas del azar que empujan al viajero hacia nuevos y más bellos descubrimientos.

TEXTOS: Alvaro R. Dicenta
FOTOS: INGIMAGE, SHUTTERSTOCK

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