La Legenda aurea es una hagiografía escrita por Jacobo de la Vorágine en el siglo XIII. Aúna historia y leyenda, en porcentajes similares, de unos 180 cristianos destacados de los primeros siglos después de Cristo. La narración que nos deja sobre San Sebastián es una de las más singulares de la recopilación. Según De la Vorágine, Sebastián fue un soldado del ejército romano nacido en Narbona, aunque se educó en Milán.

Sebastián se había convertido al cristianismo y, sin embargo, era el jefe de la cohorte pretoriana de Roma, el cuerpo de guardia más próximo a los emperadores Diocleciano y Maximiano. Sebastián aprovechaba los beneficios de su cargo para proteger y confortar a los creyentes, cuya persecución fomentaban los dos emperadores para condenarles a muerte. Sebastián fue descubierto y denunciado por traición al considerarse que, pese a ser un hombre de máxima confianza del emperador, conspiraba contra este y abominaba de los dioses del Imperio.

El patrón es un santo o Virgen elegido como protector de un grupo de personas o de un lugar. Palma escogió para salvaguardar la ciudad a un santo muy especial: San Sebastián.

Sebastián fue condenado a muerte. La ejecución de la pena es cien por cien leyenda, una de las más curiosas del cristianismo, y De la Vorágine la cuenta con estas palabras: “El emperador mandó que lo sacaran al campo, que lo ataran a un árbol y que un pelotón de soldados dispararan sus arcos contra él y los mataran a flechazos. Los encargados de cumplir esta orden se ensañaron con el santo, clavando en su cuerpo tal cantidad de dardos que lo dejaron convertido en una especie de erizo y, creyendo que ya había muerto, se marcharon”.

Esta es la razón por la que la representación iconográfica más frecuente le presenta semidesnudo, atado a un árbol y con varias flechas clavadas en su cuerpo. Esta desnudez le convirtió en uno de los personajes religiosos más pintados. Los artistas encontraban una excusa perfecta para representar el cuerpo humano sin las trabas que imponía la moral de la época.

El santo no murió y días después se presentó ante el emperador para afearle la persecución hacia los seguidores de Cristo. Este mandó un nuevo tormento contra el soldado rebelde: “Diocleciano ordenó que lo apalearan hasta que constase con toda certeza que lo habían matado, y después arrojaran su cuerpo a una cloaca de manera que los cristianos no pudieran recuperarlo ni tributar a sus restos el culto con que honraban a los mártires”. Esta vez Sebastián sí murió, pero se apareció a Santa Lucía y le indicó el lugar donde estaba su cadáver para que recibiera una sepultura digna.

El respeto no duró mucho. Las reliquias del santo se encuentran entre las que más circularon por Europa. Los restos corpóreos o las vestimentas de los cristianos ejemplares se convirtieron en una mercancía muy preciada. Una ciudad, un templo o un monasterio que contaban con una reliquia destacada atraían miles de visitantes. Un buen negocio.

Las falsificaciones estaban al orden del día. Se conocen, es un decir, cuatro cuerpos de San Sebastián y decenas de restos de su cuerpo esparcidos por toda Europa. Por poner un ejemplo, en la catedral de Raguse (Italia), existía una tibia de exageradas dimensiones, atribuida a San Sebastián. Después se demostró que el hueso pertenecía a un caballo.

Precisamente en el tráfico de reliquias encontramos la razón por la que San Sebastián se convirtió en patrón de Palma. Las reliquias y el hecho de que fuera invocado contra la peste desde que en el año 680 puso fin a la que diezmaba a los ciudadanos de Roma.

En 1523, un grupo de monjes-soldado encabezados por el archidiácono Manuel Suriavisqui trajo a la isla una reliquia de San Sebastián a Palma. La ciudad era lugar muy expuesto a los estragos de la infección producida por la bacteria Yersinia pestis porque su puerto era uno de los más activos del Mediterráneo. Enseguida quedó demostrado que el soldado era un consumado especialista en el control de la peste. Desde un año antes, los muertos se contaban por centenares, pero el brazo de santo detuvo el contagio de forma inmediata.

Los monjes decidieron marcharse en busca de nuevos retos, pero cada vez que intentaban abandonar el puerto con el hueso, un temporal lo impedía. La conclusión lógica fue que San Sebastián, o al menos esta parte de él, había tomado la decisión de quedarse en la isla. Tras la correspondiente negociación se instaló en la catedral, con vistas al mar, y desde ha cinco siglos ejerce su protección sobre la ciudad.

Solo un misterio queda por resolver. San Sebastián es invocado contra la peste y su festividad se celebra el 20 de enero. San Roque ejerce las mismas funciones contra la bacteria mortal y se le recuerda el 16 de agosto. ¿Por qué las autoridades de Palma eligieron al narbonés en lugar del de Montpeller? Con esta decisión condenaron a los palmesanos a pasar frío y mirar al cielo cada año durante la verbena.

Joan RIERA

  •  
  •  
  •