Ahora se habla mucho de turismofobia. Pero es un concepto mal empleado. Muchos de los que nos quejamos de la saturación y del alza del nivel de vida, recibimos al turismo con los brazos abiertos en nuestra juventud. Los años grises del franquismo vieron en la llegada de gentes de otros países una oportunidad para respirar. Conocer nuevas culturas, músicas, maneras de vivir. Y también para establecer relaciones sentimentales. Los “amores de verano” que tanta relevancia tomaron en los años 60 y 70.

Texto: C.G. | Fotografías: Archivo DM – Terrelló – Carmen Ortega

En este sentido, Mallorca puede presumir de haber patentado varias imágenes de marca. La ensaimada, “la isla de la calma”, los “paisajes lindos”, la “luna de miel”…. y los “picadores”. Esta figura, que solo tiene una correspondencia en Ibiza con los “palanqueros”, marcó toda una época.

El “picador” era una versión insular del “latin lover”. Un conquistador más o menos modesto, con Vespa o Seat 600, que pescaba en las procelosas aguas de la insatisfacción sexual y sentimental de muchas mujeres nórdicas. Las famosas “suecas” que pasarían a la memoria colectiva como una auténtica categoría. Un mito. Resumen de las extranjeras que venía a veranear a Mallorca. Bellas, esculturales y con ganas de escapar de la frialdad escandinava, al fuego de un amante ocasional y fogoso que habían conocido al azar.

La mayor parte de esos romances fueron pasajeros. Al son de una de las melodías de moda. Entre paseos románticos por Na Burguesa con Palma al fondo, algún cocktail en la piscina del hotel Victoria, mañanas en la playa y noches en discotecas afelpadas de rojo con globos de espejo y olor a cuba libre derramado. Alguna velada clandestina en el hotel Sorrento, y una despedida siempre ahogada en lágrimas hasta ese “verano que viene” que muchas veces no llegaba.

Recuerdo las travesías a bordo del “Dana Corona”, de la naviera danesa DFS Seaways. Eran ya los 70, pero la efervescencia sexual entre latinos y nórdicos seguía bien activa. El pasaje era en gran parte español. Uno de los oficiales recibía a las turistas suecas y danesas en su camarote, ofreciéndoles té, conversación y seguramente algo más. Y uno de los camareros, pequeñito y muy moreno, no paraba de esconderse del brazo con alguna crucerista mucho más grande que él, escapada de su marido.

Pero en muchas ocasiones, aquellas parejas se llegaron a estabilizar. En una combinación atípica, pero efectiva. Como ocurrió con muchas de las guías turísticas que se alojaban en Calamajor. O las turistas aficionadas al famoso Hotel 33 de Magaluf. Surgió así una curiosa combinación mallorquino-sueca. Unos matrimonios mixtos que dejaron de lado la pasión prohibida del verano, para intentar una estabilización conyugal.

El “picador” era una versión insular del “latin lover”. Un conquistador más o menos modesto, con Vespa o Seat 600, que pescaba en las procelosas aguas de la insatisfacción sexual y sentimental de muchas mujeres nórdicas.

He conocido varios casos de este mestizaje. En un primer momento, realmente “vestía” mucho decir en la isla que estaban casados con una sueca. Porque la palabra “sueca” evocaba automáticamente todos aquellos ensueños sensuales de los 60-70. Pero la convivencia y el éxito relacional no siempre era fácil. Ellas se quejaban de la desorganización y el caos. Y también del individualismo insular, porque en los países nórdicos – forjados en la lucha común contra el frío y la nieve – las cosas se resuelven de forma más colectiva. La anarquía insular les resultaba incomprensible.

A ellos, por otro lado, les acababa cansando la formalidad nórdica. Sus protocolos y su disciplina. Así se inventó la expresión “fer-se el suec”, para indicar la flemática indiferencia ante ciertas cosas, como si no existiesen. Tan propia de los países nórdicos.

Pero en muchos casos esa relación sí funcionó. Y de esa manera Mallorca tuvo sus reductos nórdicos antes que muchos otros puntos de la geografía española. La iglesia sueca, con su espectacular celebración de Santa Lucía, ha sido siempre noticia en los periódicos. La imagen de aquellas chicas angelicales, rubias y de ojos claros, con la corona de velas, parecía salida de un cuento de hadas.

La cocina sueca tuvo también una representación pionera en un restaurante de la calle Brondo. Así como la danesa se ejercía en la zona del Terreno. Eran establecimientos familiares, pequeños, dirigidos sobre todo a los miembros de esa comunidad. Ahora ha cambiado mucho, ya que los nórdicos compran masivamente propiedades en zonas de moda como Santa Catalina, y abren restaurantes más “in” y dirigidos a un público general.

La antigua figura del “picador” con su Vespa ha pasado a la historia. Porque Mallorca se ha convertido en un lugar cosmopolita casi por esencia. A nadie le sorprende una pareja mixta entre mallorquines y suecos. Al fin y al cabo, Estocolmo está a tres horas de avión. El mundo se ha globalizado, se ha estandarizado. Aquel encanto un poco garrulo de los años 60 ha dejado paso a una pose desdeñosa. Al “hotel boutique” y el “Street bar”. Con clientela ampliamente internacional y modos de “gin tonic” y “lounge bar”.

A pesar de ello, nadie podrá negar a Mallorca su carácter pionero en aunar algo tan distinto, como lo fue en su momento, un mallorquín de la España de Franco con una mujer de la Suecia socialdemócrata y avanzada.

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