Deià tiene algo de anfiteatro cósmico. El pueblo se envuelve con las laderas del Teix. A veces, las nubes se enredan en ellas como si fuesen de algodón. En invierno, las chimeneas producen un humo fino, grisáceo, que se pierde en la verticalidad del cielo. En ese semicírculo natural, se advierte enseguida la diversidad de verdes. Claros, luminosos, oscuros o mates. Y se escucha a lo lejos el discurrir del torrente.

Robert GravesPero es en las noches alunadas cuando se despierta un hálito mágico. La luna llena perfila los edificios y los árboles de un nimbo plateado, como si fuesen una pintura. Y reverbera en las piedras de la montaña. Y tal vez, en una ventana, un hombre se asoma para voltear una moneda de plata bajo la luna. Un antiguo conjuro para conseguir fortuna.

Robert Graves, que vivió y murió en Deià, fue uno de los grandes teóricos de Deià. Especuló sobre la “influencia magnética” de la montaña en la creatividad de las gentes. Y fabuló acerca de un antiguo templo prehistórico a la luna, situado donde hoy se levantan la iglesia y el cementerio. Luna llena en Deià.

El mito es una dimensión distinta de las cosas. Desde el punto de vista cotidiano, somos incapaces de presentirlo. Vivimos nuestra realidad pensando que es lo más normal del mundo. Pero después viene la historia. Lo cambia todo. Y nos damos cuenta que aquello que presenciamos era un hito único. Un episodio para la posteridad. ¡Y no supimos apreciarlo! A cuántas personas no les habrá pasado.

Durante los años 80 fui un visitante asiduo de Deià. Casi cada semana pasaba unas horas en el pueblo. Comía en Can Jaume. Tomaba un café en las Palmeras. Me bañaba en la Cala o Llucalcari. Y me parecía lo más normal del mundo.

Por supuesto que el gran gurú de aquella Deià fue Robert Graves. Desde Can Alluny ejercía una especie de pontificado. Graves era una presencia tutora

Robert GravesHoy, cuando visito el cementerio de Deià, me doy cuenta de lo extraordinario de aquel momento. Porque personajes con los que me cruzaba, que estaban en la mesa de al lado, hoy forman parte de la leyenda. Como una extraña comunidad espiritual, perviven en el cementerio bajo la luna llena de Deià.

Por supuesto que el gran gurú de aquella Deià fue Robert Graves. Desde Can Alluny ejercía una especie de pontificado. Graves era una presencia tutora. No era fácil encontrarlo, porque en aquellos años ya estaba muy mayor. Pero en los 70 todavía recuerdo haberle visto pasar con el “uniforme de Deià”: sombrero de ala ancha, camisa ancha y “senalla” al hombro.
Cuenta su hijo William que, cuando tenía problemas de dinero, salía en luna llena a la ventana. Y daba vueltas a una moneda de plata. Así fue como le funcionó “Yo Claudio”.

Hoy, la sencilla tumba del autor de “La diosa blanca” y el “Adiós a todo eso” recuerda un poco a los sepulcros de los santones musulmanes. Sencilla, escueta, siempre con flores y ofrendas

Entierro de Robert Graves

Recuerdo perfectamente la muerte de Graves, en 1985. Me tocó cubrir el entierro para el diario y nunca olvidaré aquella imagen de los familiares cargando el ataúd. La noche fría de diciembre, la luna enmascarada tras las nubes. Los perros aullando.

Hoy, la sencilla tumba del autor de “La diosa blanca” y el “Adiós a todo eso” recuerda un poco a los sepulcros de los santones musulmanes. Sencilla, escueta, siempre con flores y ofrendas.

Paseo por el cementerio de Deià y me parece imposible que esos nombres que leo sean solo una breve placa. Un recuerdo. Porque se trata de personajes que conocí en la Deià de aquel momento. Como el pintor Joan Miralles, que vivía en el magnífico caserón de Can Fusimany. O Ulrich Leman, creador de un expresionismo extraño y radiante. Murió a los 102 años y lo veías con su sombrero. Callado, esfingítico, recién llegado de su casa de la montaña. Acompañado de su fiel Pepe, que siempre velaba por él.

En la mesa de al lado coincidías con Norman Jewison, que hacía dibujos utilizando el poso de su café. Nunca faltaba Kevin Ayers con su pose de estrella del rock. Siempre atento a las mujeres que estaban en las otras mesas. O el gran guitarrista que le acompañaba: Ollie Halsall. Con sus gafas redondas y sus melenas, era un asiduo de las terrazas. Murió muy joven de sobredosis. En la calle de la Amargura número 13 de Madrid.

Claribel Alegríga, la viuda de Cortázar Aurora Bernández, músicos como Mike Oldfield, Eric Burdon o Joan Graves, llenaron las noches de Deià de luz y creación. Era otro mundo, bien distinto al actual. Era otra Deià

Era difícil no ver a William Waldren, enérgico y entusiasta. Promotor de excavaciones y del Museo de Deià. O a Frederic Grunfeld con su familia. Su biografía sobre Rodin fue una obra maestra. Pero en cierto modo le costó la vida. Murió en el viaje de vuelta de Nueva York. Después de presentarla.

Una presencia impresionante era la de Mati Klarwein. Alto e imponente, con su sombrero y la cesta. No podías creer que estuvieses al lado al creador de portadas para Santana o Miles Davis. Dando un paseo con sus hijos antes de volver a su refugio de Son Rullan.

Claribel Alegría, la viuda de Cortázar Aurora Bernández, músicos como Mike Oldfield, Eric Burdon o Joan Graves, llenaron las noches de Deià de luz y creación. Era otro mundo, bien distinto al actual. Era otra Deià.

Cuando la Luna llena recortaba los perfiles del Teix.

Y en alguna ventana, alguien salía para voltear una moneda de plata.

Texto:  Carlos Garrido / Fotografías: Archivo DM – Shutterstock

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