Llegar a este continente situado en el extremo sur del globo terráqueo no es un objetivo fácil. La mayoría de los visitantes son científicos o técnicos que desarrollan experimentos en esa zona del mundo. En 1916, último año del que se tienen datos, fueron unas 35 mil personas las que lo visitaron.

Toni Jaume mallorquín de Llucmajor ha estado recientemente, no en un viaje turístico, sino profesional. Omniacces, la empresa para la que trabaja, ubicada en el Parc Bit y dedicada a proveer de internet vía satélite a los grandes yates, le envió a comprobar y solventar distintos problemas en las instalaciones situadas allí que gestiona BAS (British Antartic Survey) la organización del Reino Unido para la investigación en ambos polos.

En total han sido 26 días con un viaje de odisea, con salida desde una base militar en las afueras de Oxford, traslado a las Malvinas en un viaje de 19 horas de avión con escala en Cabo Verde. Desde las Malvinas a la Antártida el viaje se torna marítimo a bordo del RRS James Clark Ros, un buque de BAS que se dedica a la investigación marítima y a la logística de las 5 bases de que disponen en la Antártida.

4 días en el interior del barco dan para mucho, aunque si la ruta es por el paso de Drake, uno de los mares más tormentosos y turbulentos que une el Atlántico y el Pacífico, posiblemente salir del camarote ya es toda una odisea, en un viaje en que todo lo que no está asegurado, corre el riesgo de acabar en el suelo.

La primera parada fue en Signy, una pequeña isla en las Órcades en la Antártida. Una vez en la isla, abandonada durante el invierno, hubo que picar más de un metro de hielo para llegar hasta la base. Un trabajo colectivo del que no se libró nadie de la tripulación o el pasaje -ingenieros, arquitectos, directores, pasajeros-, la estancia fue de dos días.

La segunda parada fue en las Georgia del Sur, algo más al norte. Allí se revisaron dos bases más, Bird Isdand y Kings Eduard, que por su latitud permiten estar abiertas durante el invierno, a diferencia de la anterior.

Toni Jaume nos explica que en esas zonas internet y las comunicaciones son vitales, un barco pasa por allí cada 4 o 6 meses, por eso cada una de las bases está en comunicación constante con la Universidad de Cambridge para ir enviando las informaciones que son recopiladas por científicos y que permiten determinar cambios climáticos alrededor de la tierra y como afectan estos a los satélites. Cabe decir que fueron los científicos del BAS los primeros en detectar el agujero de la capa de ozono.

“Tuve la suerte-nos comenta- de que después de la inspección de los equipos, los biólogos de Bird Insland se ofrecieron a hacernos de guía por la isla. Esta isla se encuentra un poco más al norte, donde hay más vida salvaje. Nos ofrecieron ir a ver diferentes colonias de animales. Fue impresionante ver el tamaño de los albatros , caminar entre focas o ver una colonia de unos 80.000 pingüinos.

“Durante la estancia en Signy, -prosigue- el Capitán del buque había visto por imágenes del satélite como se había desprendido un iceberg gigante de la península Antártica y como se acercaba hacia nosotros y, por la forma de la bahía, nos podía dejar atrapados allí o incluso dañar el barco. Entonces tuve que trabajar bajo presión para asegurar que la estación tendría internet durante más de 4 meses sin fallos y salir de allí con una zodiac a toda velocidad mientras el hielo se iba acercando y amenazaba con atraparnos. Supongo que todo el mundo ha trabajado bajo presión de su “Jefe”, pero eso fue toda una experiencia”.

“Otro de los momentos más sorprendentes fue en Bird island, cuando visitamos la colonia de pingüinos Gentoo. Tuvimos la suerte de poder caminar entre ellos, y ver en primera fila como alimentaban a sus crías. Si te acercabas, se aproximaban por curiosidad a verte. Tú eres el zoo. Poder ver estas cosas no tiene precio. En la Antártida, los científicos sólo están allí de observadores, e intentan al máximo no alterar el entorno de los animales. Comentar, que las focas son muy territoriales y agresivas, por ello cada uno de nosotros llevaba un bastón para repeler en caso de ataque. Un sol mordisco puede ser mortal, por la gran cantidad de bacterias que hay en su boca. O ver los albatros gigantes como estiraban sus alas de 2 metros de punta a punta para desprenderse de las plumas del nacimiento. Estas aves aún jóvenes, ya son casi tan grandes como una persona. Y finalmente después de cruzar toda la isla y bajo la lluvia, llegar a una colonia de 80.000 pingüinos. Muy impactante ver toda la montaña llena de ellos”.

Toni Jaume nos cuenta que ha sido en resumen una experiencia inolvidable. Y nos recomienda vivamente que quien pueda hacer este viaje, no lo dude. Aunque también, avisa, de que hay momentos duros ya que el viaje en barco por la Antártida no es como atravesar nuestro Mediterráneo. Pero vale la pena por los paisajes y la naturaleza.