A pocos días de la llegada oficial del invierno, aunque las temperaturas y el ambiente lo desmientan con un largo otoño primaveral, sin apenas lluvia, pero con la atmósfera navideña que nos envuelve. Colores más austeros en el campo y menos horas de luz dan pie a largas sobremesas.

Todavía podemos disfrutar de granadas, membrillos y calabazas, esperando lluvia y sol, en adecuada proporción, para que en nuestros bosques empiecen a brotar, en cantidad significativa, girgoles, picornells i esclatassangs i bolets, importantes en una buena parte de nuestra gastronomía tradicional de otoño-invierno.

Para tiempo de fiesta el cochinillo y el cordero, asados al horno.

Es tiempo de matances casolanes, reducto familiar de autenticidad que resiste a la desaparición, mientras se elaboran sobrassades, botifarrons i camaiots, se cuece el saïm y salan los huesos, en la cocina preparan frit i arros de matances. El cerdo es el gran protagonista de nuestra cocina invernal. La sobrasada no es solo un gran embutido, es el símbolo de nuestra tierra.

La col, en sus distintas variedades es vegetal imprescindible en invierno: sopes mallorquines, bullit, lom amb col, frit de verdures, col rellena, pastel de coliflor, cocas y cocarrois…

Los primeros aceites de oliva ya están en el mercado junto con aceitunas trencades i trempades.

Del mar, en invierno el jonquillo, de cada vez más escaso y de elevado precio en los mercados, con el que preparar unas sencillas y deliciosas raoles. Para el horno o con verduras el dénton y el pargo.

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