Lo escribió muy bien Mario Verdaguer en su libro “La ciudad desvanecida”: “Por cada individuo que desaparece, desaparece también una ciudad. Los edificios quedan en pie, la gente y los automóviles siguen circulando por las calles; pero todo ello es sencillamente una fantasmagoría”.

Sí. Cada persona guarda una ciudad en su memoria y en su historia. Pero también podría predicarse el razonamiento inverso: “Por cada rincón de la ciudad que desaparece o se transforma, también muere una parte del recuerdo de muchos ciudadanos. Un fragmento de su ciudad interior”. La simbiosis entre ciudad y ciudadano es absoluta.

Es un buen tema de reflexión cuando nos planteamos cómo es esta Palma del siglo XXI. Una capital que en cierto modo sigue viviendo de tópicos e imágenes del siglo pasado (“la isla de la calma”, “bahía de Palma”, “vacaciones en Mallorca”) pero que hace tiempo que dejó de ser aquella ciudad.

Es un tema tan amplio, tan inabarcable, que lo mejor es microscopizarlo. Pasarlo por el tamiz de lo minúsculo. Buscar ese botón de referencia que lo explique todo.

Personalmente, mi primera vivencia de Palma se remonta a principios de la década de los 70. Y tiene un escenario muy concreto: la pequeña plazuela de la Pau y sus inmediaciones. Cuando llegué al puerto, le pedí al taxista que me llevara a una pensión “que estuviera bien”. Y me condujo a la desaparecida Pensión la Paz.

A veces vuelvo a ese ombligo sentimental de mi ciudad. El bar Can Martí sigue igual, ahora con horario sólo diurno. El Forn des Racó sigue exhalando un aroma a ensaimada recién hecha que embruja los sentidos. Pasear por el carrer Sales, por Sant Feliu es recorrer una ciudad de categoría. Bares modernos, tiendas de moda, muchas galerías de arte. Adivinas enseguida que bastantes viviendas de esa zona han sido rehabilitadas recientemente. Probablemente por propietarios extranjeros, ya que te los encuentras en algunas terrazas. Bebiendo y charlando, en una atmósfera pausada y “cool”. Se escucha alemán y sueco, entre “gin tonic” y “gin tonic”.

Esta zona de Canavall, la parte antigua aledaña al Born, retrata bastante bien la Palma del siglo XXI. Es una ciudad europea, a la última. Con las mismas marcas y franquicias que cualquier otra capital. Su oferta comercial es de nivel alto. Y se respira un ambiente internacional, también de un standing elevado. En esta Palma puedes encontrar lo mismo que en Barcelona, Madrid, Roma o París. Ropa, electrodomésticos, decoración, tendencias, tecnología… La globalización ha convertido a una pequeña ciudad de provincias en una capital cosmopolita. Al menos en la zona del centro.

Me detengo un momento ante el edificio de apartamentos donde estuviera la Pensión La Paz. Aquí pasé mis primeras noches en Palma. Miro a mi alrededor. Y contemplo esa ciudad de fantasmagoría de la que hablaba Verdaguer. La que no existe. La planta baja donde Na Margalida tocaba el piano con la puerta casi abierta y vendía unas conchas pintadas a lo “naïf”. El colmado de la esquina. El caserón medio deshabitado y con fantasma. El sótano donde malvivían unos hermanos que apenas se dejaban ver. El palacio donde se cometió un crimen. La droguería de “Margarita la de la lejía”. El local donde una médium leía el tarot a las colegialas… Paso por la esquina que ocupaba Francisca la tabaquera. Me impresionaba ver cómo se levantaba las faldas para mostrar ristras de tabaco de contrabando. Hoy se levanta allí mismo un hotel boutique.

El cambio ha sido tan grande que, en realidad, ya es otra ciudad. Hoy, los alquileres en esta zona resultan muy elevados. Al alcance de inversores, promotores de alquiler vacacional o personas de alto nivel. Entonces, las viviendas eran auténticos cuchitriles. De empinadas escaleras, oscuras, ruidosas. La gente vivía mucho en la calle y en el bar. Hoy se respira la misma atmósfera que en un barrio del sur de Francia. Distinguido, tranquilo. Lleno de objetos de diseño y arte contemporáneo.

Me gusta cruzar el Born desde Sant Feliu y tomar el Carrer Constitució. Pasar por delante de Correos y la delegación del Gobierno, para subir hasta Canamunt. La zona alta de Ciutat.

Cuando llegas a las inmediaciones de Cort, la afluencia de turistas es considerable. Llegan auténticos ejércitos desde la explanada de la Seo. En una especie de “senda de los elefantes” que pasa por la Plaça Major y acaba al final de Sant Miquel. Muchos son cruceristas, o visitantes de paso. Se nota por el tipo de tiendas que se han ido instalando, pensadas para ellos. Abundan los recuerdos, las ofertas de productos típicos como la ensaimada o la sobrasada. Los helados, muchos helados. Tiendas de camisetas. Y terrazas por las que pasan las multitudes fotografiantes, las galeras de caballos, los repartidores, los grupos con el guía de bandera, en bici o segway.

Este corazón de Palma es un centro comercial de primer orden. Activo gran parte de la jornada. Incansable, multicolor. Me cuesta reconocer la plaza de Cort que todavía viví. Con un grupo de jubilados sentados en el banco de piedra del Ayuntamiento. Unos pocos coches que pasaban lentamente. El lánguido policía municipal en la puerta que saludaba a algún concejal distraído. La farmacia, los almacenes de ropa. Visto desde la óptica actual, parecía un pueblo.

Y no digamos si te internas por la zona central de Canamunt. Incluso las míticas joyerías de la calle Argentería han ido cerrando. En lugar de los locales oscuros con el dueño en la puerta, vigilante y taciturno, se multiplican los comercios modernos, las ofertas gastronómicas y de “delicatessen”. Los visitantes se dirigen a una Plaça d’en Coll convertida en una especie de mapamundi de terrazas. Bares, restaurantes. La gente circula por estrechos pasillos en medio de una gran algarabía. Voces, músicos ambulantes. Como si fuera la plaza mayor de una localidad toscana.

Incluso si te internas por las calles más estrechas, como la de Can Sanç, te topas con pequeñas tiendas que ocupan lo que antes eran antiguos y lóbregos locales, convertidos ahora por ejemplo en una vermutería. Frente a las luces sempiternas de Can Joan de s’Aigo, destino hoy en día de auténticas peregrinaciones turísticas. Parece imposible que este callejón fuera en otros tiempos un lugar tétrico y peligroso. Por donde circulaba el público del Teatre Sans y la gente mayor en busca de un chocolate en Can Joan de s’Aigo. Y poco más. Gatos y silencio.

Cuando sigues la ruta y pasas por la Plaça de la Quartera y la Plaça Mercadal contemplas una zona en plena trasformación. Es como el laboratorio de esta Palma del siglo XXI que se extiende sin cesar. Aquí se levantan todavía edificios degradados, como tantos otros que antaño poblaban el barrio. La recuperación se va consolidando poco a poco. Coexisten algunos bares de moda con los rincones donde unos indigentes duermen entre cartones. O un novísimo hotel con la cola del comedor social de Zaqueo enfrente, la otra cara de la moneda.

En esta parte están las ruinas de la otra Palma. La que murió. La del barrio chino, los edificios despintados, los callejones sin salida. Ni el turismo ni los nuevos residentes han acabado por consolidarse aquí. Así hasta llegar a las Avingudes, cuando el mundo cambia por completo. Ya no tiene nada que ver. Más allá se extiende una ciudad como cualquier otra. De barrios y vecinos. Sin turistas ni coches de caballos.

Después de años y años de disquisiciones sobre la desestacionalización, Palma ha logrado la piedra filosofal del turismo continuo. Salvo unas pocas semanas de invierno, el corazón de la ciudad late sin cesar. Ya no son los matrimonios mayores, ni los curas, ni los militares con uniforme, ni las colegialas en grupo, ni los hombres silenciosos con abrigo. Esos han pasado a la ciudad de las sombras. La fantasmagoría verdagueriana.

Hoy se hablan muchas lenguas. Los comercios mezclan sus músicas en el Carrer del Sindicat, la antigua frontera del barrio de la prostitución. La Palma del siglo XXI es vanguardista, comercial, multicolor. Un moderno videoclip comparado con las fotos en blanco y negro de la ciudad del pasado.
Pero, amigo lector, no se engañe. Tal como se transformó, desvaneciéndose, la Palma ya anticuada y desaparecida, también un día esta Palma del siglo XXI se borrará para convertirse en otra cosa. Porque es ley de futuro y de la historia.

Entonces, todas nuestras sensaciones e imágenes de hoy también serán una fantasmagoría.